Editorial: Una tomadura de pelo

Un día, un amigo me habló de la terrible crisis que padecían los peluqueros de un lugar que no recuerdo. Habían ideado un extravagante modelo de negocio en que los clientes apenas debían pagar por pelarse una cantidad simbólica, un euro. O euro veinte. El sueldo del peluquero lo costeaban las empresas de champúes, gominas y demás potingues. ¿Qué pedían estas firmas a cambio? Pues aparentemente muy poco: que sus productos estuvieran en lugares visibles para que la clientela los conocieran y los compraran (o no) para su uso particular.

Algunos peluqueros daban el servicio totalmente gratis. Esos establecimientos estaban siempre llenos, aunque los resultados normalmente eran de más baja calidad. Las empresas conseguían que sus productos los vieran muchos más posibles compradores y las cuentas también salían, con una rebaja del sueldo al peluquero.

Aunque había gente que se quejaba del servicio. Las compañías cosméticas solo permitían cortes de pelos compatibles con los productos de sus marcas. “Si usted quiere la raya a la derecha, en esta misma calle hay varias peluquerías que lo hacen. Aquí tiene que ser en la izquierda o la marca de laca me despide”, reconocían algunos peluqueros.

De las escuelas de peluquería salían cada año miles, así que si alguien se negaba a desobedecer a los dueños, siempre podrían sustituirlos por otros con contratos míseros.

Luego se generalizó la venta de utensilios de peluquería. La juventud comenzó a pelarse en su casa y dejó de ir a los establecimientos. “Puedo hacerlo yo, un euro que me ahorro”. Y las casas se llenaron de falsos peluqueros. Algunos aprendieron a manejar la herramienta y hacían peinados de lo más interesante. Otros eran un desastre, pero les encantaba llamarse a sí mismos peluqueros y muchos les imitaban. Por las calles la gente iba cada vez peor peinada.

Mientras, los negocios cerraban y echaban a sus profesionales, porque apenas seguían yendo, por tradición, los más veteranos. Los que resistían hacían malabarismos para cuadrar cuentas. Otros se plegaban por completo a las imposiciones de las marcas. Los sueldos bajaron y las plantillas adelgazaron. “Quizás nunca debimos haber devaluado nuestro trabajo dándolo gratis. Ahora nadie está dispuesto a pagar lo que vale un buen peinado”, se decían los que aún amaban el oficio.

Pero, le dije a mi amigo, ¿Por qué me cuentas esta historia si yo me dedico al periodismo?

Diego Calvo

Miembro de la Demarcación de Cádiz del CPPA

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