Editorial: El menoscabo periodístico por parte de una jueza

Los periodistas de Cádiz han mostrado su preocupación por el auto de la jueza del Juzgado de Instrucción 3 de Cádiz, con fecha del 13 de septiembre pasado, en el que dictamina el sobreseimiento y archivo de la causa contra el alcalde de la ciudad por sus declaraciones sobre el caso Loreto. Fue una denuncia del PP local porque desde la actual corporación se vertieron contra antiguos regidores de la ciudad graves acusaciones.

La señora jueza dictamina que no hay ni injurias ni calumnias y pone por delante algo sobradamente utilizado ya desde el ámbito judicial, como es la supremacía del derecho a la libertad de expresión y el hecho de que las partes son componentes de estructuras políticas sometidas a la crítica en mucho mayor grado que lo debe ser cualquier otro ciudadano. Argumentos indiscutibles.

Lo que llama la atención es que la jueza alude también a la “mala calidad” de la información periodística para justificar el tira y afloja entre PP y Podemos en su batalla política. No soy nada corporativista, pero me preocupa esta deriva, porque, como dicen mis compañeros de Cádiz, si ha habido actitudes fuera de lugar por parte de algún medio o algún periodista, las partes o la propia jueza deberían haber actuado en consecuencia y presentar la oportuna denuncia o abrir diligencias o, en su caso, haber llamado a algún periodista como testigo… todo es posible. Nada de esto se hizo, pero se utiliza como un argumento más para sustentar las tesis de la señora jueza. La prensa y los periodistas quedamos indefensos.

“La cuestión — dice — debe ser enlazada con la diligencia periodística exigible en la elaboración y publicación de informaciones lesivas para el honor o la reputación de los protagonistas de la noticia, la cual es especialmente delicada por la imposibilidad de establecer un canon o estándar abstracto o un catálogo de buenas prácticas ineludibles, en una materia forzosamente abocada al causismo por la gran variedad y plasticidad de las situaciones de hecho que se plantean y por las peculiaridades del sector profesional de que se trata, sujeto a múltiples y diversos factores condicionantes, como la premura de tiempo ante el cierre fatal de la edición en los medios tradicionales, el afán por la exclusiva o la primicia en un marco competitivo, la mayor o menos trascendencia de la información y complejidad técnica de la materia objeto de la misma, la inevitable subjetividad de la confianza depositaba en las fuentes, los posibles intentos de manipular u obstaculizar la información por portadores de intereses contrapuestos, el sesgo u orientación política del medio y muchos otros y como se puede tergiversar los hechos a efectos de conseguir un titular impactante que permita un incremento de las ventas”.

El texto, sin duda, revela la aceptación vía imposición social de que los medios son así y que de ellos se puede esperar poco en estos temas políticos. Ya digo que no es que no esté de acuerdo con algunas cosas que dice la señora jueza, pero elevarlo a la categoría de argumento en un auto nos pone a los periodistas a los pies de los caballos. Es como si, a partir de ahora, la dilación y lentitud angustiosa del sistema judicial español tuviera que aceptarse como normal y, de esta manera, el menoscabo de derechos a ciudadanos producidos por esta circunstancia se viera como inevitable e inamovible.

Señora jueza, yo creo en los poderes del Estado y en su división. Trabajemos porque el sistema judicial cambie y no tengamos que soportar su grave situación e igualmente ayúdenos usted a mejor el sistema informativo, porque tanto la Justicia como la Libertad de Expresión son bienes innegociables para la libertad de los ciudadanos y si acabamos aceptando las cosas como inevitables lo segundo es que la Democracia se está muriendo. A su disposición, señora jueza.

Antonio Manfredi

Periodista y miembro de la Junta de la Demarcación territorial del CPPA en Sevilla

Editorial: La Radio Universitaria: Modelo de servicio público, experimentación y formación

El nacimiento de las radios universitarias en España es relativamente reciente en comparación con otros países, por ejemplo Argentina, donde la más antigua ha cumplido en los últimos meses 90 años de existencia. Concretamente la primera emisora universitaria en nuestro país nace en 1987 bajo la denominación de Radio Campus en la Universidad de La Laguna de Tenerife.

Pero este tipo de medios de comunicación han proliferado en las últimas décadas en nuestro país, entre otras cosas gracias a la irrupción de las tecnologías e Internet. Hay una frase que, por ejemplo, en la radio de la Universidad de Huelva nos gusta repetir: «Esto no es radio…es UniRadio». Y es que este mismo lema podría servir igualmente para el resto de emisoras españolas, un total de 26 que emiten desde 29 Universidades, tanto públicas como privadas y que son las que integran la Asociación de Radios Universitarias de España (ARU), creada en 2011.

Y es que este tipo de medios de comunicación no pueden medirse de la misma manera que los convencionales y, aunque entre sí existen muchas diferencias -algunos dependen directamente de los gabinetes de comunicación, otros están enfocados principalmente para formar a futuros comunicadores y otros emergen de proyectos comunitarios sin ánimo de lucro y con el objetivo de acoger a colectivos intra y extra universitarios- todas tienen en común su carácter juvenil, cultural, experimental y su vocación de servicio público.

En Andalucía fue la de Huelva, UniRadio, la pionera en lanzarse tanto a las ondas como a Internet. Posteriormente y bebiendo íntegramente de la filosofía, forma de gestión y hasta en la marca, le siguió UniRadio Jaén. Por último apareció la Radio de la Universidad de Almería. En la actualidad y poco a poco se van generando confluencias y empieza a existir interés en otras universidades andaluzas pero por ahora todo está aún latente.

El hito más importante en nuestra región es el reconocimiento de estas emisoras en el anteproyecto de Ley Audiovisual andaluz donde por fin y no sin poca lucha, aparecen recogidas como medios de comunicación públicos. Un largo camino que aún se sigue recorriendo en pro de mantener estos nichos de comunicación pública, altavoz de colectivos invisibles y centro de formación de futuros comunicadores.

Paloma Contreras Pulido

Presidenta de la Asociación Radio Universitaria de Huelva-UniRadio

Editorial: Josep Pernáu, el periodista marcado por un icono de la Guerra Civil

El año pasado encontré en una librería de saldos — librería Quevedo, en La Antilla — un texto fundamental de Pániker,  muy gratamente sorprendido por encontrar este tesoro a menos de 3 euros. Ahora ha vuelto a ocurrirme, un año después, esta vez gracias a las Memorias del periodista Josep Pernáu. Deliciosas, preocupantes, divertidas y, al mismo tiempo, más que necesarias para entender el periodismo de hoy. El autor falleció en 2011, pero dejó un rastro de trabajo y entrega encomiable, siempre centrado en su Cataluña de sus amores.

Pernáu nos pone en la pista de la explosión catalanista que vivimos hoy y la responsabilidad de los medios para construir un imaginario que ahora muestra su cara menos dialogante. Pernáu nos cuenta hechos de los años 50 y 60 que hoy los estudiantes de Periodismo no se podrían ni creer, como la propuesta del franquismo inicial de que los periodistas llevaran uniforme, como “soldados de la verdad” o que estuviera prohibido decir que una mujer había dado a luz, sustituyéndolo por “la señora XX, y su esposo don XX han sido bendecidos con la llegada de un hijo”.

En fin, texto que me ha encantado y que tiene mucho que enseñarnos, sobre todo ese juego de amores y desamores con el régimen franquista que se trajeron muchos medios catalanes, dando espacio a todos para que nadie dejara de mantenerlos. Luego, con la Generalitat, aún más “cercanía” del poder y un grupo de periodistas que siempre intentaron, en la medida de sus posibilidades, quedar fuera del fango para poder respirar. Entre ellos estaba Pernáu, una de las almas del Colegio de Periodistas de Cataluña y antes de su Asociación de la Prensa.

De todas formas, el libro comienza con una confesión emocional que yo desconocía. Una de las famosas fotos de la Guerra Civil, de las más conocidas, la de una mujer llorando ante el cadáver de su marido, corresponde a su madre y a su padre. El periodista perdió a su padre, durante el terrible bombardeo sobre Lérida en 1937, donde el fotógrafo Centelles llegó dos días después para darnos fuerza visual, como la foto de los padres de Pernáu.mujer llorando marido

Su padre era más bien de derechas y se pensó muy mucho marcharse por si le daban un paseo nocturno, pero le echó valor y confiscó la farmacia que regentaba como administrador y la puso a nombre de la UGT. Así pudo seguir en su ciudad y mantener el negocio del propietario, hasta que una bomba asesina de los mismos que él defendía le enterró durante 2 días en un edificio, hasta ser encontrado, en presencia de su mujer. La foto lo dice todo.

La familia se volvió a su pueblo de origen, donde el propietario de la farmacia les ayudó a salir adelante, en agradecimiento por haber salvado el negocio. Pernáu tenía 7 años. Aprendió con sangre que una cosa son las ideas y otra muy distinta la realidad, porque a su padre lo mataron los que él mismo defendía. Una sensación que mantuvo siempre cuando se enfrentaba a la censura franquista o a la presión catalanista, intentando remover la libertad de los periodistas, que siempre defendió, allá donde estuviera.

Un libro que recomiendo porque está de plena actualidad. Los que manipulan los medios soportando las increíbles andanzas de unos y las fechorías de otros no hacen honor a Pernáu. El Periodismo se construye a diario, fuera de cantamañanas que, una y otra vez, nos dan lecciones de ciudadanía desde las ondas de la Radio, las páginas de los periódicos o las tertulias de televisión. Parece que quisieran volver a ese deseo del franquismo de poner uniforme a los periodistas. Algunos no se lo han quitado nunca.

Antonio Manfredi 

Ex decano CPPA

Editorial: La crisis de los medios también es crisis de los periodistas

El mundo del periodismo está en crisis, como lo ha estado siempre. No es nada nuevo. Pero esa crisis no se refiere solo a las empresas periodísticas, a su modelo de explotación y gestión, sino también al modelo profesional donde no es que hagamos autocrítica es que somos tan críticos con nuestro colectivo que muchas veces rozamosel cainismo. La crisis de las empresas periodísticas tiene un componente exógeno y otro propio, endógeno. La económica que afecta o ha afectado a casi todos los sectores y la propia porque los empresarios se metieron en la aventura audiovisual como la panacea para ganar dinero e influencia y reventaron los fondos de reservas y también porque se han topado de frente con el periodismo digital y saben que eso les cuesta dinero como el papel pero nadie se atreve a dar el primer paso para cobrar el servicio. El periodismo no es gratis y al final esta disfunción la están pagando los profesionales del periodismo. A ver si los empresarios aclaran ya de una vez por qué modelo apuestan.

En ese escenario pantanoso estamos nosotros, con nuestra endogamia, con nuestra desunión, con esa crítica sin paliativos al corporativismo, sin matices. Esta ha sido siempre en nuestro colectivo la palabra maldita: el corporativismo. Y claro los poderes políticos y económicos se frotan las manos. Los periodistas, que somos los que creamos opinión pública, que es la que gana o pierde las elecciones, estamos desunidos ¡ah¡ porque no somos corporativistas. Fantástico. Así que a la crisis de las empresas se une la propia de los periodistas, aunque esta última es de siempre. Como también es de siempre que casi nunca hemos visto una medida de presión general del mundo del periodismo contra los abusos de las empresas o de las instituciones. Ni siquiera el detalle de abandonar una rueda de prensa cuando un político no admite preguntas. Ya lo decía Unamuno, “La búsqueda del pan desune”. Un poquito de corporativismo, solo un poquito y moderadamente, sería suficiente para combatir al unísono tanta precariedad, sueldos de pena, condiciones laborales deprimentes. Y la contínua espada de la provisionalidad en el empleo. Si nosotros no nos defendemos, no vendrá nadie a hacerlo.

El panorama se complica cuando en este país salen al año miles de licenciados y graduados en periodismo; gente con una preparación universitaria y académica excelente que se topa con un mercado laboral sin capacidad para absorber tanta mano de obra. Y cuando la mano de obra sobra la primera consecuencia lógica es que se abarate. Y si a eso le unimos los becarios y los contratos de prácticas, entonces nos encontramos con redacciones fantasmas. Y las empresas siguen frotándose de nuevo las manos porque aquí, todavía, no nos hemos enterado que tenemos que caminar unidos.

Lo siento si me ha salido un artículo poco alentador, pero para solucionar nuestros problemas hay que contarlos primero. Con claridad.

Rafael Salas Gallego

Presidente de la Demarcación Territorial del CPPA en Málaga.

Editorial: La extinción de los dinosaurios

A principios de la década de los 80, el grupo The Buggles lanzó la exitosa canción Video kill the radio star. Fue el primer videoclip que emitió la cadena MTV. La canción muestra cómo una vieja estrella de la radio ve cómo sus días de gloria han terminado debido a la nueva irrupción de una forma de consumir música. En nuestro sector de la comunicación la canción de The Bugles tiene su homónimo actual en el mantra de que las nuevas tecnologías han acabado con el periodismo.

En realidad con los que han acabado las redes sociales es con un monopolio que beneficiaba a unos pocos, entre ellos los periodistas caducos de la vieja escuela, esos que están encantados de sentarse al lado de un gran político en los actos públicos. Hoy la comunicación es un nuevo y apasionante mundo de interacciones en los que ya no caben las mentiras mediáticas o los favores y en las que, por primera vez, los periodistas son también fiscalizados en su trabajo por nada menos que su verdaderos jefes: la ciudadanía. Aunque está en marcha y es irremediable, la extinción de los dinosaurios del periodismo aún no se ha llevado a cabo. Todavía persisten algunos, afanados en sobrevivir aferrados a lo que hasta ahora era su poder mediático que les ha repercutido beneficios o, al menos, la satisfacción de su ego. Pero es cuestión de tiempo que ese poder, ya ilusorio, se disipe.

Ahora lo que da relevancia no es ser el afortunado que escribe una página en un periódico, o participa en una de esas cansinas tertulias pensadas para satisfacer a políticos en las televisiones y en las radios. No. Ahora es la gente la que decide si se es un ‘influencer’ o si se es un cantamañanas. Y además lo dicen en canales que ya no pueden ser censurados por intereses opacos.

El fin del monopolio de la comunicación, mantenido hasta la irrupción de las redes sociales y de la nueva manera de consumir la información y de crearla, es la muerte de una forma de hacer periodismo, en la que los errores profesionales -con suerte (y casi siempre con sentencia judicial por medio)- quedaban enterrados en una rectificación mínima escondida en las páginas más aburridas de un diario. Se temía que reconocer un error en un medio dañase su prestigio. Era todo lo contrario. Ese palacio de marfil que han sido los medios tradicionales, donde el error o la mala praxis eran inadmisibles, se está derrumbando precisamente por no hacer bien las cosas. El periodismo se ha puesto por culpa de los dinosaurios mediáticos al servicio de los anunciantes y le dio la espalda a la ciudadanía y esa factura se está pagando ahora.

La crisis del periodismo que mugen los viejos dinosaurios culpando a la ciudadanía de querer ser comunicadores no es más que la democratización de la comunicación. Las redes sociales han roto ese esquema básico de emisor, mensaje y receptor. Ahora todos pueden ser emisores. No estoy hablando de periodismo ciudadano, esas dos palabras que producen en los dinosaurios del periodismo el mismo efecto que el crucifijo a un vampiro. Me refiero a que el papel del periodista ha cambiado y tiene irremediablemente (y afortunadamente) que pensar en que ya no es emisor unidireccional y que ya no hay púlpitos para lanzar información a una congregación silenciosa.

El periodista ahora está obligado a conversar con su público, a escucharlo y, si es capaz de hacerlo bien, de incorporar las aportaciones de las voces de la ciudadanía al texto periodístico. Para ello hay medios que lo tienen claro y están adaptándose a la nueva realidad, con nuevos géneros y secciones que interactúan con los usuarios de la información. Un ejemplo lo pude ver en Medellín, donde un medio local, ‘El Colombiano’ tiene como una sección estrella a una periodista que se nutre de las informaciones que le suministran los ciudadanos a través del wassapp. La gente son los ojos de la ciudad y la periodista recibe mensjaes, investiga, contrasta y pone en contexto esa información. ¿Periodismo ciudadano? Si lo quiene llamar así, bienvenido sea.

Mientras, los dinosaurios del periodismo les dirán que basta con aprender las nuevas tecnologías. Que es una cuestión de aparatos, de tecnología. Y les propondrán cursos de reciclaje para aprender a abrirse una cuenta en twitter, en instagram o a manejar facebook. Pero no es cierto. No basta con aprender mecanografía para saber escribir. Estamos en un cambio que afecta a la forma de hacer periodismo, de elaborar los mensajes y de componer un sistema de comunicación interesante para la gente (no sólo para los políticos o anunciantes, como ha hecho el periodismo tradicional de los dinosaurios).

Pero no sólo está cambiando la forma de hacer periodismo y de consumir la información. Los cambios han cercenado la propia estructura caciquil de los medios de comunicación tradicionales. Les pongo otro ejemplo: hace veinte años, cuando yo era un reportero de un medio de comunicación tradicional, al presentar un elaborado reportaje de investigación a mi director se me dijo: “Muchacho, tu reportaje no se va a publicar porque afecta a una persona muy importante para nuestro medio”. Hasta me dijeron que “debía dar gracias de que no me pusieran de patitas en la calle”. El reportaje nunca se publicó. Años después, cuando ya estaba consolidado como periodista ambiental sobre todo en las redes sociales, con varios miles de seguidores, al escribir un reportaje de investigación que “afectaba” a un anunciante del medio en el que publicaba, se me instó a modificar el reportaje, a lo cual evidentemente me negué. Entonces tal vez no lo publiquemos”, me dijeron. “Yo si lo haré, en mi blog y comentaré todo esto en las redes”, respondí. Periodismo manda. El reportaje salió publicado en el medio de comunicación. Ese día vi temblar a un dinosaurio sabedor de que el ecosistema está cambiando y que o se adapta, o se extingue.

 Ricardo Gamaza
Periodista agroambiental